CAMINAR ENTRE LOS MUERTOS

 



Pedagogía de la crueldad y la construcción de “extra” en la cotidianidad de la violencia

John Wick avanza desangrándose por un Nueva York nocturno y asfixiado por la lluvia. A su paso, la ciudad entera se activa como un mecanismo ciego de cacería: sicarios emergen de las sombras, combates salvajes cuerpo a cuerpo devoran los pasillos y decenas de cuerpos quedan tendidos sobre el asfalto tras ráfagas ininterrumpidas de fuego. La cámara, sin embargo, jamás se detiene en los caídos. Su lente sigue hipnotizada la silueta del héroe en su lucha por sobrevivir, relegando a las víctimas a la condición de sombras descartables, insumos gráficos cuyo único fin es engrosar la amenaza alrededor del protagonista. Nadie pregunta sus nombres, nadie llora su agonía; en la gramática del espectáculo, su muerte equivale a nada.

 

Esta puesta en escena, que normaliza la masacre como un adorno visual, ha superado las fronteras de la pantalla para instalarse en el tejido mismo de la realidad. La imagen brutal e insoportable del Presidente colombiano caminando entre cadáveres inanimados evoca la crudeza de una escena que jamás debió ser ficción ni acontecimiento, más de un centenar de muertos caídos bajo el voraz bombardeo del 3 de enero sobre Caracas, sumados a la aterradora cifra de más de 70.000 víctimas masacradas bajo la lluvia incesante de fuego sobre Gaza, entre otras atrocidades a las que nos acostumbró la pantalla. En el gran libreto del poder mundial, estas vidas son reducidas a frías estadísticas, a números abstractos que el espectador global consume entre el asombro efímero y la indiferencia.

 

Esta práctica pedagógica de la crueldad no es casual ni fortuita. La industria cultural ha sido la gran arquitecta de una ideología sutil: la construcción del “extra” como una categoría humana prescindible, un daño inevitable y lógicamente imposible de sortear. Se nos ha enseñado a asumir que, en el gran despliegue del progreso, la seguridad imperial o el drama de los poderosos, las masas anónimas deben pagar la cuota de sangre. La ficción cinematográfica y el aparato mediático han logrado que la sociedad naturalice esta carnicería como un costo operativo de la historia, una fatalidad del guion social ante la cual solo cabe la resignación pasiva.

 

El cine de acción nos acostumbró a esa contabilidad siniestra. Vemos al héroe deslizarse entre explosiones, disparar a discreción y esquivar el fuego enemigo mientras decenas de cuerpos caen al suelo como meras utilidades del decorado. Son los “extras”, figuras sin rostro, sin historia y sin duelo, cuya única función dramática es certificar la temible destreza del protagonista o la villanía del antagonista. La cámara jamás se detiene en su agonía. No hay cámara lenta para el extra que cae, no hay música réquiem para el transeúnte alcanzado por una bala perdida en la persecución callejera. En la arquitectura del espectáculo, su desaparición vale cero.

 

Esta dinámica, aparentemente inofensiva dentro de la ficción, opera como una lenta y sistemática pedagogía de la desensibilización en la cotidianidad. La industria cultural ha exportado el concepto cinematográfico del extra a la percepción de la vida real, moldeando nuestra sensibilidad política y comunitaria. En el espacio social, nos acostumbramos a jerarquizar la existencia: unos pocos son “protagonistas” -aquellos cuyos nombres, discursos y dolores ocupan las pantallas y los titulares de la prensa global-, mientras que la inmensa mayoría pasa a ser la masa prescindible que llena la escena.

 

Cuando esta lógica salta del celuloide a la geopolítica, las consecuencias son devastadoras. La agresión imperial y los conflictos armados contemporáneos se justifican y consumen bajo el mismo tamiz estético. Las víctimas masivas, los pueblos bombardeados, las familias desplazadas y las vidas truncadas en la periferia del sistema-mundo son despojadas de su subjetividad humana para ser reetiquetadas bajo la frialdad técnica de los “daños colaterales”. El lenguaje del poder actúa como el director de montaje: borra el dolor de los caídos para que la narrativa de la “seguridad”, la “democracia” o el “triunfo militar” del héroe imperial siga su curso sin interrupciones ni cuestionamientos éticos.

 

El extra en la calle y el extra en la guerra comparten el mismo despojo: la negación de su cotidiano. Se olvida que cada persona que cae llevaba consigo la memoria de una casa, el pan compartido en la mesa, el abrazo de la tarde, la poesía íntima de los días sencillos. Al convertirlos en mera estadística de la violencia real, la sociedad acepta la barbarie como un costo aceptable para que el libreto de los poderosos mantenga su ritmo.

 

Desmontar la barbarie imperial y la violencia cotidiana exige, ante todo, una insurrección del sentido común y de la comunicación popular. Hay que detener la cámara en la mirada del que cae, devolverle el nombre, la voz y el peso a cada vida golpeada. No hay héroes salvadores en las narrativas que se alimentan de la muerte anónima. La verdadera creación cultural de los pueblos consiste en afirmar que en la trama de la historia no existen seres de reparto: cada ser humano es la totalidad del poema, y ninguna victoria es justa si se levanta sobre la indiferencia ante el dolor ajeno.

Comentarios

  1. Muy bueno, tu escrito.

    Es imprescindible, acometer la tarea de humanizar nuestra cotidianidad.

    Recordé, con tristeza, aquellos momentos en que llevaba una cuenta terrible, de los campesinos asesinados en nuestros campos, en su lucha por la tierra. Y que eran casi invisibles, para el país todo...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Agradezco tu amable lectura, solo es un intento de aportar para el debate permanente.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

“BELLE ÉPOQUE” DE LA BARBARIE

LA CAVERNA DE LOS PIXELES